La depresión
- Álex Melic Montañés

- 23 ene
- 3 Min. de lectura

El 13 de enero se celebra el Día Internacional de la Depresión, un trastorno psicológico de alta prevalencia en la población mundial.
Muchas personas sentirán que la depresión está presente en sus vidas, ya sea de forma directa o indirecta, ya que todos conocemos a alguien que la padece. Además, la mayoría de las personas hemos experimentado en algún momento síntomas depresivos, que no siempre implican la presencia de un trastorno depresivo como tal. Los procesos de duelo tras una ruptura o el fallecimiento de un ser querido son un ejemplo natural de este tipo de sintomatología.
La depresión suele describirse como un conjunto de síntomas característicos, que pueden manifestarse en diferentes áreas:
Cognitivos: pensamientos negativos de carácter intrusivo o rumiativo, que en algunos casos incluyen ideas de muerte o suicidio.
Emocionales: emociones intensas y persistentes, especialmente tristeza, culpa, ansiedad y soledad.
Fisiológicos: cefaleas, problemas gastrointestinales, fatiga continuada, alteraciones del apetito o del sueño, entre otros.
Conductuales: aislamiento social, atracones, discusiones frecuentes o consumo de sustancias.
No es necesario que todos estos síntomas estén presentes a la vez. Sin embargo, a mayor número e intensidad de síntomas, mayor gravedad del trastorno. Un aspecto especialmente frecuente es la disminución de las emociones positivas: actividades que antes resultaban gratificantes dejan de serlo, acompañándose a menudo de sentimientos de inutilidad o vacío.
A nivel neurobiológico, la depresión se asocia a alteraciones en los niveles de neurotransmisores como la serotonina o la dopamina, debido a una recaptación acelerada en el sistema nervioso. Estas alteraciones contribuyen a la aparición y mantenimiento de la sintomatología descrita.
Existen diferentes tipos de depresión, que varían según la sintomatología, las características personales y las circunstancias vitales de cada individuo. Entre las más frecuentes se encuentran el trastorno depresivo mayor y la distimia.
El trastorno depresivo mayor es el más común y se ajusta a la descripción general realizada. La distimia, por su parte, presenta una intensidad menor pero un curso más persistente, requiriendo para su diagnóstico la presencia de síntomas durante al menos dos años consecutivos.
El tratamiento de la depresión es multidisciplinar y personalizado. En casos de sintomatología moderada, grave o muy grave, suele recomendarse iniciar tratamiento farmacológico (antidepresivos y, en algunos casos, ansiolíticos). Estos fármacos ayudan a estabilizar el estado del paciente y a reducir la intensidad de los síntomas, facilitando así la implicación en el tratamiento psicológico.
Los tratamientos psicológicos se adaptan al historial clínico y a las necesidades de cada persona. Muchas depresiones muestran una buena evolución con enfoques cognitivo-conductuales, mientras que otras requieren técnicas de terapias de tercera generación o abordajes desde la psicotraumatología. La clave reside en identificar las causas subyacentes y diseñar una intervención ajustada al paciente.
De forma general, las terapias cognitivo-conductuales trabajan sobre la modificación de pensamientos y creencias disfuncionales, promoviendo cambios a nivel emocional y fisiológico, así como el desarrollo de conductas más saludables y funcionales, como la reducción del aislamiento social o una comunicación más asertiva.
Las terapias de tercera generación y otros enfoques asociados, como la terapia sistémica, se centran en el desarrollo de estrategias de afrontamiento, incluyendo técnicas como el mindfulness o la intervención familiar.
Por último, la psicotraumatología (EMDR, terapia narrativa, entre otras) se orienta a la integración de experiencias traumáticas que pueden haber actuado como desencadenantes o mantenedores de la sintomatología depresiva, siendo especialmente indicada en casos de trauma psicológico.
Todos estos abordajes pueden combinarse, cuando está indicado, con tratamiento farmacológico, requiriendo siempre un tiempo prudencial y un seguimiento profesional para lograr una mejoría clínica estable y sostenida.
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